En busca del templo
del emperador Augusto en Tarragona

Todo
indica que la construcción detectada en el subsuelo de la
catedral de Tarragona era el templo de culto erigido el s. I dC
en honor al emperador César Augusto (27 aC - 14 dC), y el
primero que se construía fuera de Roma. Ésta es la conclusión
principal del proyecto de prospección geofísica del subsuelo de
la catedral de Tarragona, llevado a cabo en septiembre de 2007 y
dirigido por Albert Casas, catedrático de la Facultad de
Geología de la UB; Josep M. Macias, del Instituto Catalán de
Arqueología Clásica (ICAC), y Andreu Muñoz, del Arzobispado de
Tarragona.
César Augusto,
primer emperador romano, instauró una etapa de esplendor y
prosperidad en el imperio, la Pax romana. En la antigua Hispania,
como gobernador del territorio de la Tarraconensis, dirigió
campañas militares para proteger los límites del imperio. El
emperador, gran promotor del arte y la cultura, cambió el perfil
urbanístico de la Roma imperial mediante la rehabilitación y la
construcción de obras monumentales. Pero del templo pagano
dedicado a su culto a Tarragona, las únicas referencias
conocidas eran las crónicas de historiadores de la época y las
series monetarias que reproducían la columnata del edificio.
La catedral
gótica de Tarragona se ubica en el espacio más elevado de la
topografía de la ciudad, donde probablemente estaban las
principales construcciones romanas. Con técnicas de prospección
geofísica no agresivas, el equipo investigador ha analizado el
subsuelo de las naves de la catedral y tres de los brazos del
claustro anexo. Los resultados apuntan al potencial arqueológico
del subsuelo de la catedral, que podría conservar vestigios del
edificio de culto al emperador romano. «Hemos obtenido una
imagen virtual de lo que sería la base del templo de culto
imperial construido el s. I dC, que se encontraría unos 1,5-2
metros por debajo del pavimento de la nave central. Del resto
del templo no se conservan vestigios: los materiales
desaparecieron para construir nuevas edificaciones a raíz de la
gran transformación urbanística de la ciudad a partir del s.
V.», comenta Albert Casas, catedrático del Departamento de
Geoquímica, Petrología y Prospección Geológica de la UB. «Pero
hablamos de resultados teóricos --continúa-- obtenidos a partir
de técnicas geofísicas que exigen una verificación por parte de
equipos arqueológicos».
En la tarea investigadora también se ha resuelto otra
incógnita: la de la ubicación del templo central del recinto de
culto al emperador en la ciudad, que se situaría en el centro de
una gran plaza porticada en un área de una extensión de cerca de
dos hectáreas. Según los cálculos, debió ser un templo de unos
25 metros de altura, 40 de anchura y con ocho columnas en la
fachada principal. Los equipos de prospección de la Universidad
de Barcelona se han encargado de analizar los datos --con la
participación del profesor asociado Mahjoub Himi y los becarios
Yael Díaz y Raúl Lovera del Departamento de Geoquímica,
Petrología y Prospección Geològica--, la Universidad de Palermo
(Italia) y la empresa SOT Prospecciones Arqueológicas.
Aplicando la
técnica de la tomografía de resistividad eléctrica (ERT) y el
radar de subsuelo (Geo-radar) con antenas de 100 y 270 MHz, se
han obtenido perfiles en 2D y 3D que han permitido hacer una
visualización de la estructura arquitectónica detectada bajo la
catedral. «Uno de los elementos más innovadores del trabajo es
el uso de una red de más de 350 electrodos instalados al suelo y
aislados a través de un hilo conductor que protegía el pavimento
del recinto catedralicio», comenta Albert Casas, experto en el
uso de técnicas no destructivas para estudiar el subsuelo, con
diversas aplicaciones (arqueología, recursos geológicos, medio
ambiente, etc.).
Los trabajos para
localizar el templo de culto imperial construido el s. I dC en
la catedral de Tarragona todavía no se han terminado. En un
futuro próximo, la idea es llevar a cabo una serie de sondeos
arqueológicos en puntos predeterminados del edificio
catedralicio para corroborar los datos obtenidos por técnicas
geofísicas y confirmar el descubrimiento arqueológico.
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Cuarenta años lleva
Diego Restrepo recorriendo montañas del país en busca de
cementerios indígenas ( Colombia)
Foto: Hugo
Giraldo
Diego
Restrepo, de 52 años, heredó esta vocación y pasión de su
padre.
Se siente un
'Indiana Jones', ese personaje del cine que en 1938 sale a
buscar a su padre que ha desaparecido en su intento por
hallar una reliquia.
Una historia
en la que no falta la codicia. "Mi abuelo y mi padre también
amaron la arqueología", dice.
Su tarea no es bien vista por varios científicos, porque de
su grupo y otros que buscan cementerios precolombinos se
tejen versiones como saqueos al pasado. Muchos creen que es
contratado para buscar los cementerios y luego llegar a
llevárselo todo.
Con un cigarrillo a medio fumar, Restrepo, quien acaba de
dar pistas de un posible cementerio indígena en El Pedregal,
en las afueras de Cali, comienza a contar sus aventuras.
"Lo que yo tengo no es fiebre de oro, sino de historia",
responde este minero de profesión y explorador de vocación.
Su pasión es
una herencia de cuatro generaciones, desde cuando su padre
le contaba que en 1860 su bisabuelo Robert Black White llegó
al país con vulcanólogos, geólogos e ingenieros a levantar
planos geológicos en el Cauca.
Los descubrimientos de White llevaron a que en 1903
publicara 'Ascenso de un volcán andino en erupción', en la
revista de la Sociedad Escocesa de Geografía (Scottish
Geographical Magazine).
"Mi padre, Eduardo Restrepo White, se dedicó a exploraciones
mineras y arqueológicas", recuerda Restrepo.
Desde pequeño, él lo acompañaba a lo largo de Colombia. Su
padre hallaba narigueras, bastones y figuras de oro, que lo
asombraban.
"Esta es la profesión de Indiana Jones: buscar lo oculto de
otras civilizaciones, lo que está perdido, lo enterrado
-dice-. Por mi padre sé cómo leer un terreno, sobrevivir en
excavaciones, escuchar la naturaleza y usar los medios que
proporciona", dice.
Restrepo no habla de sus hallazgos ni del destino de ellos.
Ha estado en busca de cementerios indígenas en las montañas
de Nariño, Valle, Quindío, Cauca y Tolima, y hasta en la
Sierra Nevada de San Pedro, en la Costa Atlántica.
Los lugares en los que habitaron los indígenas están
señalados por caminos. "El terreno de las sepulturas ha sido
un terreno preparado: uno puede encontrar diferentes
mezclas, colores, texturas y durezas", enfatiza.
Va con gente de confianza
Tras 40 años de exploraciones, Restrepo prefiere
trabajar con sus amigos, gente a la que en ocasiones hay que
confiarle la vida. Ellos son Gustavo Rivera, Carlos Alberto
Salazar y uno de sus hijos, Juan Fernando Restrepo.
Pero rastrear culturas no es un trabajo que se deba tomar a
la ligera. De la selva, en la que ha estado metido más de 40
de sus 52 años, lo expulsó hace seis años la violencia.
No se le olvida que una vez lo retuvo un grupo armado
mientras iba con su equipo por una montaña de Nariño. "Nos
sacaron del carro y nos llevaron bien adentro. Nos tuvieron
tres días amarrados de manos y pies al tronco de un árbol"
, recuerda este hombre, alto y delgado, de barba y bigote
blancos, que mira a través de sus gafas redondas.
Con cuchillos en el cuello y amenazas los presionaban para
que confesaran a qué enemigo o banda pertenecían. No sabe
cómo lograron creerles que, de verdad, eran mineros.
Restrepo dice que los peligros no solo se corren mientras se
transita con un equipo a cuestas o se recorren carreteras y
trochas. También, cuando deciden excavar y entrar a
pasadizos oscuros de 10, 20 y hasta de 45 metros.
"Hay muchos tipos de trampas en una guaca: pisos falsos
profundos y sitios envenenados por gases de materia orgánica
descompuesta hace 1.500 millones de años", dice Gustavo
Rivera, un eterno acompañante de sus aventuras.
Las marcas del rudo trabajo están en el cuerpo de Restrepo.
En sus manos tiene huellas de la media caña y la pala;en su
pierna tiene una cicatriz de una herida que él mismo cosió.
Pero guarda un cuerpo sólido, con abdominales fuertes, que
cualquier joven envidiaría.
Hoy, cruza el asfalto en un Land Rover, modelo 79, y cuando
no está en una aventura, corre a casa a contarle a su hija
de cuatro meses otra historia de espíritus y guacas
inalcanzables, para ayudarle a dormir.
'El saqueo se pagó con vidas'
Para excavar un territorio indígena se debe pedir
permiso a los espíritus. "Uno no puede entrar
irrespetuosamente a sus hogares de descanso, destruir sus
cuerpos y saquearlos", enfatiza Diego Restrepo. El universo
les devuelve a los usurpadores los daños causados.
"Al menos eso fue lo que pasó con el saqueo a las sepulturas
de Malagana, corregimiento de El Bolo, en Palmira. A cada
uno de ellos se le murió un familiar -comenta Restrepo-. Y
quienes estuvieron allí perdieron todo después de tener
tesoros".
Dice que el permiso solo se consigue cuando uno entra en
contacto con los antiguos. En el ritual se ofrece incienso,
tabaco, aguardiente y chicha. Pero la ofrenda es el primer
paso. "Es necesario regar sal en sitios estratégicos,
sentarse, ponerse en contacto con la naturaleza y
concentrarse hasta que pueda hablar con ellos y formalizar
un compromiso", agrega. Por eso, aunque lo rumoren, dice que
él nunca ha saqueado.
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Al Sur del Rio de la Plata ( Uruguay)
El Arca secreta del Padre Lucas es un cofre de madera del siglo
XVIII que perteneció al ex jesuita de origen irlandés Lucas
Marton. Se describe como una “…hermosa arca de raras maderas
repujada en incrustaciones y herrajes de fina plata; trabajo
hecho por los artistas de Nazareno y regalada al Paitayú (Padre
Viejo) – nombre en guaraní dado a Marton – al cumplir sus
ochenta años”, en ella “…guardó papeles, libros y milenarios
documentos”.
“Los artistas de Nazareno” fueron guaraníes pertenecientes a la
aldea nativa de dicho nombre. En cuanto a los “papeles” de
referencia, son apuntes sobre botánica, hierbas indígenas y
otros temas relacionados a la medicina nativa. “Los libros” son
dos tomos manuscritos de grandes dimensiones y voluminosos; uno
de ellos, lleva por título Yumaranei, pronunciación española del
término guaraní Yvy’maranae’i y el segundo tiene estampado en
oro sobre su cubierta de cuero el título de El Rav. El celo con
que Marton protegió los documentos, aún a costa de abandonar su
tierra natal, convertirse en misionero religioso, e internarse
en la selva con ellos, rodeó a los manuscritos, primero, y luego
al baúl que los contuvo, de un misterio casi legendaria
De Nazareno al Paso de las Toscas
En el año 1790, el arca viajó hacia el sur, hacia el Río de la
Plata, con Lucas Marton y su esposa Maymboré, junto a un grupo
de nativos guaraníes, hasta el arroyo Solís Chico en el Paso de
las Toscas. Sobre una colina del lado oriental del arroyo, se
construyó un pequeño caserío, a unos 3 km de la desembocadura
con el Río de la Plata.
“En medio del caserío”, dice el libro Yumaranei, “se levantó en
perfecta armonía con argamasa, piedra y maderas, un merecido
refugio para el tan preciado presente de los artesanos de
Nazareno”, se refería Lucas Marton al arca. Y agrega: “…más,
temiendo que el contenido pudiera sufrir alguna clase de saqueo
o deterioro, asigné un par de guardianes, hombre y mujer, según
la tradición de los Amarets.”
Del Paso de las Toscas a Nazareno
Tras el fallecimiento de Lucas Marton en septiembre de 1797, su
esposa le sobrevivió, al parecer, pocos meses. Antoñito Lazo,
Pai-miní (Pequeño Padre) hijo único de Lucas Marton, fue el
continuador de su obra y el que cuidó que se conservara tan
valioso tesoro. Razón por la cual hizo regresar el arcón a su
lugar de origen, creando para el arca un sitio especial en la
capilla del pueblo.
Taboirá, una hija de Antoñito Lazo, recibió tiempo después a su
cuidado, lo que para ese entonces se conocía como el “Arca
Secreta del Padre Lucas”, ya que el contenido preservaba, lo que
el pueblo nativo y la especie humana no podía perder jamás: su
propia historia.
Andresito Guazurary fue hijo de Taboirá y de José Gervasio
Artigas, según la breve genealogía que figura en el libro
Yumaranei. Este capitán guaraní entró a la historia por su
heroísmo, poniéndose desde muy joven a las órdenes del general
Manuel Belgrano y luego de su padre Artigas. Él fue quien tomó y
reconquistó los pueblos de sus mayores, San Francisco de Borja,
Santo Tomé y San Carlos en las Misiones Orientales fueron
liberadas en su momento merced al denuedo del valiente
misionero.
De Nazareno a San Francisco de Borja
Taboirá, su madre, no pudo resistir la tentación de ir al
encuentro de su hijo triunfador, y junto a Antoñito Lazo, el
abuelo de éste, preparó una expedición, llevando entre otros
muchos enseres, el Arca del Padre Lucas, premio prometido por
Antoñito Lazo a su nieto Andrés. Sin embargo, las represalias de
Chagas el general portugués de triste memoria y sus secuaces,
fueron horribles.
De San Francisco de Borja a Río de Janeiro
Andresito fue llevado prisionero a Porto Alegre en 1810, y luego
a Río de Janeiro con el botín del saqueo; todo cuanto hubo de
valor en las Misiones Orientales fue robado despiadadamente y
llevado a Río, y entre estas cosas el arca repleta de
documentos. Una vez en Río de Janeiro, poco importó a los
saqueadores aquella arca. El más preciado botín, entre tantas
cosas substraídas, abandonado e ignorado, permaneció en una
oscura guardilla de una familia riograndense que le dio cobijo,
con su invalorable tesoro.
A partir de este momento surgen diversas versiones sobre el
destino del arca, una que fue enviada a Manaos, otra que llegó a
manos de Artigas, y aún otra que habría terminado en manos de
una familia pudiente de Montevideo. Sin embargo, no hay
documentación que confirme algunas de estas.
VERSIÓN ORAL
Existe una versión oral, que de alguna manera parece acompañar
el destino de Andresito Guazurary.
Se dice que una joven esclava liberada llamada Petrona, por
orden de Artigas, cuidó de Andresito en sus años de prisión en
Brasil. Al parecer, se encargó de que el arca fuese traslada a
la hacienda, en Río de Janeiro, donde ella residió algunos años
junto al “Caciquillo”, una vez que fue liberado en 1821. Para
entonces Petrona, apodada Mairinha, contaba con 28 años de edad
y él 36.
De Río de Janeiro a la Fortaleza de Santa Teresa
Esta versión, asegura cierta confabulación entre José Gervasio
Artigas y su hijo, organizando el regreso de ambos a un tiempo
preciso. Su apego al arca y lo que para él significaba, habría
movido a Artigas a sugerirle que la protegiera en la Fortaleza
de Santa Teresa y siguiera su camino, una vez que entrara en la
Banda Oriental. Hecho que habría acontecido en 1826. De aquí la
versión, de que el Arca Secreta del Padre Lucas se hallaría en
“El Túnel del Arca”. Supuesto escondite subterráneo que se
ubicaría debajo de la capilla de la Fortaleza. Según la
tradición oral, constaría de tres o más habitaciones conectadas
por pasadizos y con un extenso túnel que se dirige al Este. La
salida se hallaría en algún lugar cerca del Océano Atlántico a
unos 2000 m de distancia.
Inmediatamente Andresito y Petrona, habrían continuado su camino
hacia San Borja del Yí, sin poder concretar los planes
concebidos con Artigas que seguía radicado en Paraguay. Siempre
según esta versión Andrés Guazurary, contrajo matrimonio con
Petrona en el año 1832 a la edad de 56 años, complacido de que
los documentos de su bisabuelo Lucas Marton, descansaran en la
Fortaleza que ayudó a construir.
¿De la Fortaleza de Santa Teresa a Montevideo?
Casi un siglo más tarde, a principios de 1920, durante los
trabajos de inspección de la Fortaleza de Santa Teresa para su
restauración, el entonces presidente del Uruguay, el Dr.
Baltasar Brum y el historiador Horacio Arredondo, hallaron el
arca con todo su valioso contenido de documentos en perfecto
estado de conservación.
Baltasar Brum, entre los años 1930 y 1933, hizo que algunos
notables escritores de la época, entre ellos José María Delgado,
Carlos. M. Cantú, Víctor Pérez Petit, Montiel Ballesteros, Dardo
Regules, y Miguel Víctor Martínez, tuvieran acceso a ellos y
compusieran algunas piezas literarias de inestimable valor.
También el mandatario se encargó de que un grupo de personas
custodiara el contenido del arca y se encargara en el futuro de
su publicación
Los
cazadores de
tesoros en
el Golfo de
México cada
vez lo
tienen más
difícil. La
empresa
estadounidense
Odyssey
—bajo
litigio en
Tampa (EE.UU.),
donde estos
días se ha
abierto el
plazo para
que España
haga sus
alegaciones
en el
proceso por
un tesoro de
monedas de
oro y plata
hallado en
mayo de 2007
y valorado
en 500
millones de
dólares— ha
visto
denegados
dos
proyectos
para
explorar
galeones de
la antigua
Nueva España
hundidos en
aguas
mexicanas.
No es cuestión de
coyunturas ni de
política sino del
principio de que para
México los pecios y
tesoros hundidos son «un
patrimonio cultural que
es propiedad de la
humanidad», dijo a este
diario Pilar Luna,
titular de la
Subdirección de
Arqueología Subacuática
del Instituto Nacional
de Arqueología e
Historia de México (INAH)
de México.
En México el patrimonio
sumergido es tratado
como el que se encuentra
en tierra: «Igual que
nadie aceptaría que
particulares excavaran
en Teotihuacán, debe ser
lo mismo con los barcos
hundidos o con las
ofrendas que se
encuentren en aguas
interiores», aseguró en
entrevista Luna.
El asunto se remonta a
2006, cuando un abogado
a nombre de Odyssey
contactó al INAH para
negociar el rescate de
un tesoro a cambio de un
porcentaje de lo que
obtuviera. «La solicitud
de que se le atendiera
vino por parte de un
político mexicano. No
vino Greg Stemm
(presidente de Odyssey)
sino su apoderado
legal», explicó Luna. En
aguas del Golfo de
México, especialmente en
las inmediaciones de
Veracruz, «hay
muchísimos pecios de
todas las épocas, desde
el siglo XVI hasta el
XXI», barcos de
distintas nacionalidades
que han convertido la
zona en un lugar ideal
para los cazatesoros.
La mayoría de las
empresas que se dedican
a esta actividad son
estadounidenses y una de
las más activas es
Odyssey Maritime
Exploration, propiedad
de Greg Stemm. «A la
compañía Odyssey la
conocemos hace tiempo
todos los arqueólogos
subacuáticos. Para
nosotros, uno de los
grandes problemas son
los buscadores de
tesoros que siempre
están atentando contra
el patrimonio», explica
Luna. La firma es una de
tantas que han intentado
sin éxito trabajar en
aguas mexicanas, para lo
cual no han dudado en
cultivar relaciones con
políticos poderosos y
tratar de ganar favores.
No obstante el INAH
mexicano se ha mantenido
firme y enviado un
mensaje inequívoco: los
pecios son patrimonio y
con él no se juega.
«México siempre ha
tenido una posición muy
firme de no permitir la
negociación con el
patrimonio cultural»,
declara Luna, a quien le
ha tocado rechazar a
Odyssey y a otra
empresas.
Con más de 10.000
kilómetros de
litoral y unos 2,8
millones de
kilómetros cuadrados
de zonas sumergidas,
este país lleva
veinte años
manteniendo con
firmeza esa postura
ante quienes se le
acercan para buscar
los viejos galeones
de la Nueva España,
que tuvieron la
desgracia de acabar
hundidos. «Lo que
atrae realmente a
los buscadores de
tesoros son las
cargas de oro y
plata o piedras
preciosas que,
normalmente, iban de
América a Europa»,
reconoce Luna.
El atractivo es inmenso
porque México ocupó
durante siglos una
«posición estratégica»
que lo convertía en una
especie de «enlace de
tres continentes»,
América, Europa y Asia.
«La postura de México es
considerar que el
patrimonio cultural que
yace en la tierra o
sumergido es eso: un
patrimonio cultural de
la humanidad», advierte
Luna. La especialista
reconoce que a lo largo
de tres décadas el INAH
ha recibido peticiones
de distintas compañías
«tratando de obtener a
toda costa y por todos
los medios permisos para
“explorar” barcos con
cargas económicas, con
tesoros», mismas que
siempre han sido
rechazadas.
Uno de los casos más
sonados ocurrió en 1988
cuando una empresa quiso
sacar la carga del
«Nuestra Señora de
Juncal», hundido en 1631
en el Golfo de Campeche,
y le fue denegado el
permiso. Antes había
alcanzado un acuerdo con
una de las secretarías
(ministerios) del
Gobierno de entonces
para quedarse con un
porcentaje de lo que
encontrase a cambio de
sacar todo.
Luna
reconoce que
los casos se
siguen dando
aunque cada
vez son
menos
comunes.
«Han
disminuido.
Eso quiere
decir que
van
entendiendo
que México
no va a
cambiar su
postura ni a
ver el
patrimonio
como un
botín que se
puede
dividir,
subastar o
negociar»,
asegura.
La arqueóloga admite
que tener el control
de lo que ocurre en
la
s aguas de
un país «es
muy difícil»
ante
determinadas
compañías
como Odyssey
que ofrecen
proyectos de
exploración
cuando en
realidad son
«piratas
modernos».
De la firma
cuenta que
su dueño,
Stemm,
estuvo
incluso en
París como
parte de la
delegación
estadounidense
cuando la
Unesco
aprobó el
Convenio de
Patrimonio
Nacional
Sumergido en
2001. «Es un
tratado cuyo
texto hemos
ratificado
17 países.
Cuando haya
20, tres
meses
después
entra en
vigor»,
recordó.
Luna confía en que esa
nueva pieza del derecho
internacional facilite
la posibilidad de
restringir la actividad
de los cazadores de
tesoros y sancionar a
quienes infrinjan la
normativa. «El espíritu
de la Convención nos
tiene que quedar muy
claro que es la
protección del
patrimonio cultural
subacuático», asegura
Luna.
Mexico es, junto con
Italia, España y
Portugal, uno de los más
firmes defensores de ese
tratado. «Creo que el
secreto es la
cooperación, justamente
para que no pasen casos
como el de Odyssey, para
que los cazatesoros no
se queden con un
patrimonio que es de la
Humanidad, aunque esté
en aguas mexicanas o
españolas».
El esquema de
protección del
Patrimonio
Subacuático de
México no es
único pero sí va
ganando adeptos.
Aunque República
Dominicana desde
1978 permitía
por decreto
presidencial a
los cazadores de
tesoros quedarse
con la mitad de
lo que sacaran.
Pero «ya no, ya
no se están
dando (esas
colaboraciones).
Estamos
reduciendo las
compañías que
tienen ese
porcentaje. Como
la gente tiene
un contrato hay
que sacarlos
lentamente»,
declaró a este
diario Francis
Soto, director
técnico de
Recursos
Acuáticos de la
Secretaría de
Cultura en Santo
Domingo.
Admitió que el
esquema está
anticuado, que
surgió de la
inquietud de algunas
personas por que los
saqueos terminaran
con el patrimonio
subacuático. Ahora
se buscan entidades
universitarias sin
fines de lucro, que
exploren los fondos
con biólogos y otros
expertos para causar
el menor impacto
posible en los
fondos marinos.
«No a la gente de esa
calaña»
En relación con Odyssey,
Soto señaló que esta
empresa «nunca ha
solicitado permiso» para
explorar en República
Dominicana y les
recomendó «que no
pierdan el tiempo»
intentándolo. «Nosotros
tenemos que ser muy
locos (…) para aceptar
una gente de esa calaña
en este país», apuntó el
funcionario, quien
recordó que en el pasado
se rechazaron peticiones
de famosos cazatesoros
como Mel Fisher
(1922-1998) por los
problemas legales que
tenía en Puerto Rico.
No obstante admitió
que otras empresas,
la estadounidense,
Marine Explorations,
con sede en
Colorado, y su
socia, Hispaniola
Ventures, del famoso
cazatesoros Burt
Webber, van a
explorar juntas un
área del banco de La
Plata, parte norte
de la República
Dominicana, cercana
a donde en 1978 fue
encontrado el
«Nuestra Señora de
la Concepción»,
naufragado en 1641.