En busca del templo del emperador Augusto en Tarragona

Interior de la catedral de Tarragona, actualmente en la tercera fase de su restauración. (Foto: EFE)

Todo indica que la construcción detectada en el subsuelo de la catedral de Tarragona era el templo de culto erigido el s. I dC en honor al emperador César Augusto (27 aC - 14 dC), y el primero que se construía fuera de Roma. Ésta es la conclusión principal del proyecto de prospección geofísica del subsuelo de la catedral de Tarragona, llevado a cabo en septiembre de 2007 y dirigido por Albert Casas, catedrático de la Facultad de Geología de la UB; Josep M. Macias, del Instituto Catalán de Arqueología Clásica (ICAC), y Andreu Muñoz, del Arzobispado de Tarragona.

César Augusto, primer emperador romano, instauró una etapa de esplendor y prosperidad en el imperio, la Pax romana. En la antigua Hispania, como gobernador del territorio de la Tarraconensis, dirigió campañas militares para proteger los límites del imperio. El emperador, gran promotor del arte y la cultura, cambió el perfil urbanístico de la Roma imperial mediante la rehabilitación y la construcción de obras monumentales. Pero del templo pagano dedicado a su culto a Tarragona, las únicas referencias conocidas eran las crónicas de historiadores de la época y las series monetarias que reproducían la columnata del edificio.

La catedral gótica de Tarragona se ubica en el espacio más elevado de la topografía de la ciudad, donde probablemente estaban las principales construcciones romanas. Con técnicas de prospección geofísica no agresivas, el equipo investigador ha analizado el subsuelo de las naves de la catedral y tres de los brazos del claustro anexo. Los resultados apuntan al potencial arqueológico del subsuelo de la catedral, que podría conservar vestigios del edificio de culto al emperador romano. «Hemos obtenido una imagen virtual de lo que sería la base del templo de culto imperial construido el s. I dC, que se encontraría unos 1,5-2 metros por debajo del pavimento de la nave central. Del resto del templo no se conservan vestigios: los materiales desaparecieron para construir nuevas edificaciones a raíz de la gran transformación urbanística de la ciudad a partir del s. V.», comenta Albert Casas, catedrático del Departamento de Geoquímica, Petrología y Prospección Geológica de la UB. «Pero hablamos de resultados teóricos --continúa-- obtenidos a partir de técnicas geofísicas que exigen una verificación por parte de equipos arqueológicos».
 
 En la tarea investigadora también se ha resuelto otra incógnita: la de la ubicación del templo central del recinto de culto al emperador en la ciudad, que se situaría en el centro de una gran plaza porticada en un área de una extensión de cerca de dos hectáreas. Según los cálculos, debió ser un templo de unos 25 metros de altura, 40 de anchura y con ocho columnas en la fachada principal. Los equipos de prospección de la Universidad de Barcelona se han encargado de analizar los datos --con la participación del profesor asociado Mahjoub Himi y los becarios Yael Díaz y Raúl Lovera del Departamento de Geoquímica, Petrología y Prospección Geològica--, la Universidad de Palermo (Italia) y la empresa SOT Prospecciones Arqueológicas.

Aplicando la técnica de la tomografía de resistividad eléctrica (ERT) y el radar de subsuelo (Geo-radar) con antenas de 100 y 270 MHz, se han obtenido perfiles en 2D y 3D que han permitido hacer una visualización de la estructura arquitectónica detectada bajo la catedral. «Uno de los elementos más innovadores del trabajo es el uso de una red de más de 350 electrodos instalados al suelo y aislados a través de un hilo conductor que protegía el pavimento del recinto catedralicio», comenta Albert Casas, experto en el uso de técnicas no destructivas para estudiar el subsuelo, con diversas aplicaciones (arqueología, recursos geológicos, medio ambiente, etc.).

Los trabajos para localizar el templo de culto imperial construido el s. I dC en la catedral de Tarragona todavía no se han terminado. En un futuro próximo, la idea es llevar a cabo una serie de sondeos arqueológicos en puntos predeterminados del edificio catedralicio para corroborar los datos obtenidos por técnicas geofísicas y confirmar el descubrimiento arqueológico.

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Cuarenta  años lleva Diego Restrepo recorriendo montañas del país en busca de cementerios indígenas ( Colombia)

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Foto: Hugo Giraldo

Diego Restrepo, de 52 años, heredó esta vocación y pasión de su padre.

Se siente un 'Indiana Jones', ese personaje del cine que en 1938 sale a buscar a su padre que ha desaparecido en su intento por hallar una reliquia.

Una historia en la que no falta la codicia. "Mi abuelo y mi padre también amaron la arqueología", dice.

Su tarea no es bien vista por varios científicos, porque de su grupo y otros que buscan cementerios precolombinos se tejen versiones como saqueos al pasado. Muchos creen que es contratado para buscar los cementerios y luego llegar a llevárselo todo.

Con un cigarrillo a medio fumar, Restrepo, quien acaba de dar pistas de un posible cementerio indígena en El Pedregal, en las afueras de Cali, comienza a contar sus aventuras.

"Lo que yo tengo no es fiebre de oro, sino de historia", responde este minero de profesión y explorador de vocación.

Su pasión es una herencia de cuatro generaciones, desde cuando su padre le contaba que en 1860 su bisabuelo Robert Black White llegó al país con vulcanólogos, geólogos e ingenieros a levantar planos geológicos en el Cauca.

Los descubrimientos de White llevaron a que en 1903 publicara 'Ascenso de un volcán andino en erupción', en la revista de la Sociedad Escocesa de Geografía (Scottish Geographical Magazine).

"Mi padre, Eduardo Restrepo White, se dedicó a exploraciones mineras y arqueológicas", recuerda Restrepo.

Desde pequeño, él lo acompañaba a lo largo de Colombia. Su padre hallaba narigueras, bastones y figuras de oro, que lo asombraban.

"Esta es la profesión de Indiana Jones: buscar lo oculto de otras civilizaciones, lo que está perdido, lo enterrado -dice-.  Por mi padre sé cómo leer un terreno, sobrevivir en excavaciones, escuchar la naturaleza y usar los medios que proporciona", dice.

Restrepo no habla de sus hallazgos ni del destino de ellos. Ha estado en busca de cementerios indígenas en las montañas de Nariño, Valle, Quindío, Cauca y Tolima, y hasta en la Sierra Nevada de San Pedro, en la Costa Atlántica.

Los lugares en los que habitaron los indígenas están señalados por caminos. "El terreno de las sepulturas ha sido un terreno preparado: uno puede encontrar diferentes mezclas, colores, texturas y durezas", enfatiza.

Va con gente de confianza

Tras 40 años de exploraciones, Restrepo prefiere trabajar con sus amigos, gente a la que en ocasiones hay que confiarle la vida. Ellos son Gustavo Rivera, Carlos Alberto Salazar y uno de sus hijos, Juan Fernando Restrepo.

Pero rastrear culturas no es un trabajo que se deba tomar a la ligera. De la selva, en la que ha estado metido más de 40 de sus 52 años, lo expulsó hace seis años la violencia.

No se le olvida que una vez lo retuvo un grupo armado mientras iba con su equipo por una montaña de Nariño. "Nos sacaron del carro y nos llevaron bien adentro. Nos tuvieron  tres días amarrados de manos y pies al tronco  de un árbol" , recuerda este hombre, alto y delgado, de barba y bigote blancos, que mira a través de sus gafas redondas.

Con cuchillos en el cuello y amenazas los presionaban para que confesaran a qué  enemigo o banda pertenecían.  No sabe cómo lograron creerles que, de verdad, eran mineros.

Restrepo dice que los peligros no solo se corren mientras se transita con un equipo a cuestas o se recorren carreteras y trochas. También, cuando deciden excavar y entrar a pasadizos oscuros de 10, 20 y hasta de 45 metros.

"Hay muchos tipos de trampas en una guaca: pisos falsos profundos y sitios envenenados por gases de materia orgánica descompuesta hace 1.500 millones de años", dice Gustavo Rivera, un eterno acompañante de sus aventuras.

Las marcas del rudo trabajo están en el cuerpo de Restrepo. En sus manos tiene huellas de la media caña y la pala;en su pierna tiene una cicatriz de una herida que él mismo cosió. Pero guarda un cuerpo sólido,  con abdominales fuertes,  que cualquier joven envidiaría.

Hoy, cruza el asfalto en un Land Rover, modelo 79, y cuando no está en una aventura, corre a casa a contarle a su hija de cuatro meses otra historia de espíritus y guacas inalcanzables, para ayudarle a dormir.

'El saqueo se pagó con vidas'

Para excavar un territorio indígena se debe pedir permiso a los espíritus. "Uno no puede entrar irrespetuosamente a sus hogares de descanso, destruir sus cuerpos y saquearlos", enfatiza Diego Restrepo. El universo les devuelve a los usurpadores los daños causados.

"Al menos eso fue lo que pasó con el saqueo a las sepulturas de Malagana, corregimiento de El Bolo, en Palmira. A cada uno de ellos se le murió un familiar -comenta Restrepo-. Y quienes estuvieron allí perdieron todo después de tener tesoros".

Dice que el permiso solo se consigue cuando uno entra en contacto con los antiguos. En el ritual se ofrece incienso, tabaco, aguardiente y chicha. Pero la ofrenda es el primer paso. "Es necesario regar sal en sitios estratégicos, sentarse, ponerse en contacto con la naturaleza y concentrarse hasta que pueda hablar con ellos y formalizar un compromiso", agrega. Por eso, aunque lo rumoren, dice que él nunca ha saqueado.
 

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El Arca secreta del Padre Lucas

Punta del Diablo: Fortaleza del Parque Nacional Santa TeresaPunta del Diablo: Fortaleza del Parque Nacional Santa Teresa

Al Sur del Rio de la Plata ( Uruguay)

El Arca secreta del Padre Lucas es un cofre de madera del siglo XVIII que perteneció al ex jesuita de origen irlandés Lucas Marton. Se describe como una “…hermosa arca de raras maderas repujada en incrustaciones y herrajes de fina plata; trabajo hecho por los artistas de Nazareno y regalada al Paitayú (Padre Viejo) – nombre en guaraní dado a Marton – al cumplir sus ochenta años”, en ella “…guardó papeles, libros y milenarios documentos”.

“Los artistas de Nazareno” fueron guaraníes pertenecientes a la aldea nativa de dicho nombre. En cuanto a los “papeles” de referencia, son apuntes sobre botánica, hierbas indígenas y otros temas relacionados a la medicina nativa. “Los libros” son dos tomos manuscritos de grandes dimensiones y voluminosos; uno de ellos, lleva por título Yumaranei, pronunciación española del término guaraní Yvy’maranae’i y el segundo tiene estampado en oro sobre su cubierta de cuero el título de El Rav. El celo con que Marton protegió los documentos, aún a costa de abandonar su tierra natal, convertirse en misionero religioso, e internarse en la selva con ellos, rodeó a los manuscritos, primero, y luego al baúl que los contuvo, de un misterio casi legendaria

De Nazareno al Paso de las Toscas

En el año 1790, el arca viajó hacia el sur, hacia el Río de la Plata, con Lucas Marton y su esposa Maymboré, junto a un grupo de nativos guaraníes, hasta el arroyo Solís Chico en el Paso de las Toscas. Sobre una colina del lado oriental del arroyo, se construyó un pequeño caserío, a unos 3 km de la desembocadura con el Río de la Plata.

“En medio del caserío”, dice el libro Yumaranei, “se levantó en perfecta armonía con argamasa, piedra y maderas, un merecido refugio para el tan preciado presente de los artesanos de Nazareno”, se refería Lucas Marton al arca. Y agrega: “…más, temiendo que el contenido pudiera sufrir alguna clase de saqueo o deterioro, asigné un par de guardianes, hombre y mujer, según la tradición de los Amarets.”

Del Paso de las Toscas a Nazareno

Tras el fallecimiento de Lucas Marton en septiembre de 1797, su esposa le sobrevivió, al parecer, pocos meses. Antoñito Lazo, Pai-miní (Pequeño Padre) hijo único de Lucas Marton, fue el continuador de su obra y el que cuidó que se conservara tan valioso tesoro. Razón por la cual hizo regresar el arcón a su lugar de origen, creando para el arca un sitio especial en la capilla del pueblo.

Taboirá, una hija de Antoñito Lazo, recibió tiempo después a su cuidado, lo que para ese entonces se conocía como el “Arca Secreta del Padre Lucas”, ya que el contenido preservaba, lo que el pueblo nativo y la especie humana no podía perder jamás: su propia historia.

Andresito Guazurary fue hijo de Taboirá y de José Gervasio Artigas, según la breve genealogía que figura en el libro Yumaranei. Este capitán guaraní entró a la historia por su heroísmo, poniéndose desde muy joven a las órdenes del general Manuel Belgrano y luego de su padre Artigas. Él fue quien tomó y reconquistó los pueblos de sus mayores, San Francisco de Borja, Santo Tomé y San Carlos en las Misiones Orientales fueron liberadas en su momento merced al denuedo del valiente misionero.

De Nazareno a San Francisco de Borja

Taboirá, su madre, no pudo resistir la tentación de ir al encuentro de su hijo triunfador, y junto a Antoñito Lazo, el abuelo de éste, preparó una expedición, llevando entre otros muchos enseres, el Arca del Padre Lucas, premio prometido por Antoñito Lazo a su nieto Andrés. Sin embargo, las represalias de Chagas el general portugués de triste memoria y sus secuaces, fueron horribles.

De San Francisco de Borja a Río de Janeiro

Andresito fue llevado prisionero a Porto Alegre en 1810, y luego a Río de Janeiro con el botín del saqueo; todo cuanto hubo de valor en las Misiones Orientales fue robado despiadadamente y llevado a Río, y entre estas cosas el arca repleta de documentos. Una vez en Río de Janeiro, poco importó a los saqueadores aquella arca. El más preciado botín, entre tantas cosas substraídas, abandonado e ignorado, permaneció en una oscura guardilla de una familia riograndense que le dio cobijo, con su invalorable tesoro.

A partir de este momento surgen diversas versiones sobre el destino del arca, una que fue enviada a Manaos, otra que llegó a manos de Artigas, y aún otra que habría terminado en manos de una familia pudiente de Montevideo. Sin embargo, no hay documentación que confirme algunas de estas.

VERSIÓN ORAL

Existe una versión oral, que de alguna manera parece acompañar el destino de Andresito Guazurary.

Se dice que una joven esclava liberada llamada Petrona, por orden de Artigas, cuidó de Andresito en sus años de prisión en Brasil. Al parecer, se encargó de que el arca fuese traslada a la hacienda, en Río de Janeiro, donde ella residió algunos años junto al “Caciquillo”, una vez que fue liberado en 1821. Para entonces Petrona, apodada Mairinha, contaba con 28 años de edad y él 36.

De Río de Janeiro a la Fortaleza de Santa Teresa

Esta versión, asegura cierta confabulación entre José Gervasio Artigas y su hijo, organizando el regreso de ambos a un tiempo preciso. Su apego al arca y lo que para él significaba, habría movido a Artigas a sugerirle que la protegiera en la Fortaleza de Santa Teresa y siguiera su camino, una vez que entrara en la Banda Oriental. Hecho que habría acontecido en 1826. De aquí la versión, de que el Arca Secreta del Padre Lucas se hallaría en “El Túnel del Arca”. Supuesto escondite subterráneo que se ubicaría debajo de la capilla de la Fortaleza. Según la tradición oral, constaría de tres o más habitaciones conectadas por pasadizos y con un extenso túnel que se dirige al Este. La salida se hallaría en algún lugar cerca del Océano Atlántico a unos 2000 m de distancia.

Inmediatamente Andresito y Petrona, habrían continuado su camino hacia San Borja del Yí, sin poder concretar los planes concebidos con Artigas que seguía radicado en Paraguay. Siempre según esta versión Andrés Guazurary, contrajo matrimonio con Petrona en el año 1832 a la edad de 56 años, complacido de que los documentos de su bisabuelo Lucas Marton, descansaran en la Fortaleza que ayudó a construir.

¿De la Fortaleza de Santa Teresa a Montevideo?

Casi un siglo más tarde, a principios de 1920, durante los trabajos de inspección de la Fortaleza de Santa Teresa para su restauración, el entonces presidente del Uruguay, el Dr. Baltasar Brum y el historiador Horacio Arredondo, hallaron el arca con todo su valioso contenido de documentos en perfecto estado de conservación.

Baltasar Brum, entre los años 1930 y 1933, hizo que algunos notables escritores de la época, entre ellos José María Delgado, Carlos. M. Cantú, Víctor Pérez Petit, Montiel Ballesteros, Dardo Regules, y Miguel Víctor Martínez, tuvieran acceso a ellos y compusieran algunas piezas literarias de inestimable valor. También el mandatario se encargó de que un grupo de personas custodiara el contenido del arca y se encargara en el futuro de su publicación

 

Los cazadores de tesoros en el Golfo de México cada vez lo tienen más difícil. La empresa estadounidense Odyssey —bajo litigio en Tampa (EE.UU.), donde estos días se ha abierto el plazo para que España haga sus alegaciones en el proceso por un tesoro de monedas de oro y plata hallado en mayo de 2007 y valorado en 500 millones de dólares— ha visto denegados dos proyectos para explorar galeones de la antigua Nueva España hundidos en aguas mexicanas.

No es cuestión de coyunturas ni de política sino del principio de que para México los pecios y tesoros hundidos son «un patrimonio cultural que es propiedad de la humanidad», dijo a este diario Pilar Luna, titular de la Subdirección de Arqueología Subacuática del Instituto Nacional de Arqueología e Historia de México (INAH) de México.

En México el patrimonio sumergido es tratado como el que se encuentra en tierra: «Igual que nadie aceptaría que particulares excavaran en Teotihuacán, debe ser lo mismo con los barcos hundidos o con las ofrendas que se encuentren en aguas interiores», aseguró en entrevista Luna.

El asunto se remonta a 2006, cuando un abogado a nombre de Odyssey contactó al INAH para negociar el rescate de un tesoro a cambio de un porcentaje de lo que obtuviera. «La solicitud de que se le atendiera vino por parte de un político mexicano. No vino Greg Stemm (presidente de Odyssey) sino su apoderado legal», explicó Luna. En aguas del Golfo de México, especialmente en las inmediaciones de Veracruz, «hay muchísimos pecios de todas las épocas, desde el siglo XVI hasta el XXI», barcos de distintas nacionalidades que han convertido la zona en un lugar ideal para los cazatesoros.

La mayoría de las empresas que se dedican a esta actividad son estadounidenses y una de las más activas es Odyssey Maritime Exploration, propiedad de Greg Stemm. «A la compañía Odyssey la conocemos hace tiempo todos los arqueólogos subacuáticos. Para nosotros, uno de los grandes problemas son los buscadores de tesoros que siempre están atentando contra el patrimonio», explica Luna. La firma es una de tantas que han intentado sin éxito trabajar en aguas mexicanas, para lo cual no han dudado en cultivar relaciones con políticos poderosos y tratar de ganar favores.

No obstante el INAH mexicano se ha mantenido firme y enviado un mensaje inequívoco: los pecios son patrimonio y con él no se juega. «México siempre ha tenido una posición muy firme de no permitir la negociación con el patrimonio cultural», declara Luna, a quien le ha tocado rechazar a Odyssey y a otra empresas.

Con más de 10.000 kilómetros de litoral y unos 2,8 millones de kilómetros cuadrados de zonas sumergidas, este país lleva veinte años manteniendo con firmeza esa postura ante quienes se le acercan para buscar los viejos galeones de la Nueva España, que tuvieron la desgracia de acabar hundidos. «Lo que atrae realmente a los buscadores de tesoros son las cargas de oro y plata o piedras preciosas que, normalmente, iban de América a Europa», reconoce Luna.

El atractivo es inmenso porque México ocupó durante siglos una «posición estratégica» que lo convertía en una especie de «enlace de tres continentes», América, Europa y Asia. «La postura de México es considerar que el patrimonio cultural que yace en la tierra o sumergido es eso: un patrimonio cultural de la humanidad», advierte Luna. La especialista reconoce que a lo largo de tres décadas el INAH ha recibido peticiones de distintas compañías «tratando de obtener a toda costa y por todos los medios permisos para “explorar” barcos con cargas económicas, con tesoros», mismas que siempre han sido rechazadas.

Uno de los casos más sonados ocurrió en 1988 cuando una empresa quiso sacar la carga del «Nuestra Señora de Juncal», hundido en 1631 en el Golfo de Campeche, y le fue denegado el permiso. Antes había alcanzado un acuerdo con una de las secretarías (ministerios) del Gobierno de entonces para quedarse con un porcentaje de lo que encontrase a cambio de sacar todo.

Luna reconoce que los casos se siguen dando aunque cada vez son menos comunes. «Han disminuido. Eso quiere decir que van entendiendo que México no va a cambiar su postura ni a ver el patrimonio como un botín que se puede dividir, subastar o negociar», asegura.

«Piratas modernos»

La arqueóloga admite que tener el control de lo que ocurre en la

s aguas de un país «es muy difícil» ante determinadas compañías como Odyssey que ofrecen proyectos de exploración cuando en realidad son «piratas modernos». De la firma cuenta que su dueño, Stemm, estuvo incluso en París como parte de la delegación estadounidense cuando la Unesco aprobó el Convenio de Patrimonio Nacional Sumergido en 2001. «Es un tratado cuyo texto hemos ratificado 17 países. Cuando haya 20, tres meses después entra en vigor», recordó.

Luna confía en que esa nueva pieza del derecho internacional facilite la posibilidad de restringir la actividad de los cazadores de tesoros y sancionar a quienes infrinjan la normativa. «El espíritu de la Convención nos tiene que quedar muy claro que es la protección del patrimonio cultural subacuático», asegura Luna.

Mexico es, junto con Italia, España y Portugal, uno de los más firmes defensores de ese tratado. «Creo que el secreto es la cooperación, justamente para que no pasen casos como el de Odyssey, para que los cazatesoros no se queden con un patrimonio que es de la Humanidad, aunque esté en aguas mexicanas o españolas».

El esquema de protección del Patrimonio Subacuático de México no es único pero sí va ganando adeptos. Aunque República Dominicana desde 1978 permitía por decreto presidencial a los cazadores de tesoros quedarse con la mitad de lo que sacaran. Pero «ya no, ya no se están dando (esas colaboraciones). Estamos reduciendo las compañías que tienen ese porcentaje. Como la gente tiene un contrato hay que sacarlos lentamente», declaró a este diario Francis Soto, director técnico de Recursos Acuáticos de la Secretaría de Cultura en Santo Domingo.

Admitió que el esquema está anticuado, que surgió de la inquietud de algunas personas por que los saqueos terminaran con el patrimonio subacuático. Ahora se buscan entidades universitarias sin fines de lucro, que exploren los fondos con biólogos y otros expertos para causar el menor impacto posible en los fondos marinos.

«No a la gente de esa calaña»

En relación con Odyssey, Soto señaló que esta empresa «nunca ha solicitado permiso» para explorar en República Dominicana y les recomendó «que no pierdan el tiempo» intentándolo. «Nosotros tenemos que ser muy locos (…) para aceptar una gente de esa calaña en este país», apuntó el funcionario, quien recordó que en el pasado se rechazaron peticiones de famosos cazatesoros como Mel Fisher (1922-1998) por los problemas legales que tenía en Puerto Rico.

No obstante admitió que otras empresas, la estadounidense, Marine Explorations, con sede en Colorado, y su socia, Hispaniola Ventures, del famoso cazatesoros Burt Webber, van a explorar juntas un área del banco de La Plata, parte norte de la República Dominicana, cercana a donde en 1978 fue encontrado el «Nuestra Señora de la Concepción», naufragado en 1641.

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